Los Cuatrocientos Golpes Torrent

Si hay un director que ha sabido traducir en imágenes audiovisuales la sensibilidad infantil, ese es, indudablemente, Hirokazu Koreeda. No hay cineasta en el globo que hable del mundo de los críos con similar lucidez y realismo, contando siempre la historia desde su trinchera. Y jamás tanto ni mejor que en Nadie sabe, crónica de supervivencia de 4 hermanos abandonados en el corazón de Tokyo por su madre, y empujados a vivir como salvajes, encajando enseñanzas de madurez a puñetazo limpio. Una película horrible, que hurga en las miserias de una sociedad disfuncional, con facetas absolutamente siniestras. Homenaje a todos esos pequeños a los que la historia logró adultos a dentelladas, empujándoles al mucho más negro abismo, arrastrándose en el barro de la guerra, de la destrucción, de la masacre y del exterminio.

Deseando dejar atrás sus inconvenientes, sueña con saber el mar y traza con René un plan para escaparse. Semeja patraña que a estas alturas y, observando lo visto, películas como “Los cuatrocientos golpes” de Truffaut prosigan perdurando en la mente del espectador y sacando sus arraigadas emociones como el primero de los días. Pero de esta manera es, puesto que mentada cinta es un emotivo alegato al regresar a iniciar y un brillante trabajo sobre esos pequeños vestigios que tienen la posibilidad de llegar a mudar la infancia si no se hallan las medidas correctas.

El Viaje De Chihiro

Spielberg trazaba el brutal contraste de una niñez privilegiada, la de un chaval de familia bien en el Shanghai de finales de los 30, cuyos permisos se desintegran de la noche a la mañana a bayonetazo limpio. Una demoledora odisea de supervivencia, un peregrinaje por los rincones mucho más oscuros del alma humana entre bombas y atrocidades en el viaje mucho más pavoroso de la niñez a la edad avanzada de la historia del cine. Pocas veces acostumbraba a el Hollywood clásico dar empaque a los individuos infantiles.

Pues, si algo supuso en su tiempo el Mayo del 68, fue una revolución de las ideas que, tras un breve amago de praxis, regresó a ellas para seguir luchando desde el cine, desde la literatura, desde las salas universitarias. Bajo el lema canónico de “La imaginación al poder”, Gilles comienza leyendo sobre Mao y acaba con Debord. Comienza pintando chillidos de protesta y acaba derretido en una pantalla de cine, allí donde su historia y su imaginación tienen la posibilidad de convivir en equilibrio. No solo es de las mejores películas norteamericanas de los últimos tres o cuatro año,; es asimismo un feroz retrato del desengaño de un crío que quiere opinar en hadas y en el amor, pero al que las circunstancias y alabanzas adultos sencillamente no le dejan. En la segunda, en cambio, aquel éxtasis se convierte en aturdimiento, en una soledad expresada entre las sombras de los árboles apartados. La segunda celebración se inaugura con una inyección de heroína y se despide con una muerte, con un personaje que brinca al fuera de campo para no volver.

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Emocionante y desgarradora desde el primer minuto, obra magna de un Louis Malle que nunca antes ni después llegó a volar tan alto. Antoine Doinel, o de qué manera dejar atrás la niñez a los 12 años a las bravas, empujado al abismo por un instructor cafre y autoritario, por unos padres ausentes, por una madre infiel, que no sabe ocultar su secreto. Los 400 golpes, la mejor película a de Truffaut, es una olla a presión del primer al último chato. Los ojos desvalidos, pidiendo auxilio a voces, pero al unísono tornándose ásperos y desafiantes, a golpe de desilusión en medio de un extravío existencial absolutamente asfixiante. Pocas películas me revolvieron tanto los adentros, escasas me dejaron tanta huella y un sabor amargo tan tenaz y persistente. Boyhood es, más que una película, un milagro, un hecho fílmico de esos que dejan huella.

Los críos, en las películas de adultos, eran una parte del mobiliario, y eso cambió radicalmente merced a esta inolvidable adaptación del artículo homónimo de Harper Lee. El personaje de la segunda película explora sus opciones reales de intervenir en el mundo hasta escoger la más armónica entre sus ansias artísticas y su credo político. Su trayecto conforma el de una película sobre una película, o una película detrás de otra película, pues yo no diría que muestre una imagen mucho más completa de Mayo que El agua fría, sino que indaga en el contexto creativo del que pudo nacer aquella. En Después de mayo, Assayas nos relata los recodos del presente hasta ser clausurado como producto. Nos enseña la madurez de los hechos reales que conduce al filtro y la fijación del sentido, a la cura mediante el símbolo del desarraigo, inevitable, de la realidad. Desandar lo andado, en cierto modo, quizás para pensarlo con mejores herramientas.

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En vez de un viaje hacia el futuro, de una fuga romántica, su Gilles emprende el sendero inverso, deja la vivienda y vuelve al amparo del padre cubierto por la noche. El mito del 68 por el momento no semeja recubrir a los individuos en Después de mayo. Se ha roto la comunión entre época y personaje principal y ahora la exigencia histórica les desconcierta, les inculca un apremio y un malestar delegados en múltiples direcciones, en trayectorias divergentes. El cosmos monstruoso de Spike Jonze, rincón de inconvenientes en la imaginación de un niño desorientado, es un espacio inhóspito en el que el temor cobra cuerpo con nitidez tal, que a veces Donde habitan los monstruos es, prácticamente, una película de terror. Una fábula inquietante, que habla de espectros interiores, del miedo que cobra forma parasitando el inconsciente de un niño que sueña con monstruos, pero que además vive entre ellos. Cine para adultos que una vez fueron niños, que es además un contundente ejercicio psicoanalítico, y de las mejores películas obre pequeños del Hollywood reciente.

Pero Richard Linklater tuvo varios espéculos en los que mirarse para regresar sobre el viaje traumático desde la infancia a la edad adulta, a través de la ondulada adolescencia. Despertar al mundo de los mayores es un infierno en todas estas increibles películas, una lista muy subjetiva de grandes títulos sobre niños encajando golpes en el turbio mundo de los mayores. Parte importante de la insatisfacción que genera, en un primer visionado, Tras mayo proviene de ese carácter errático y desapasionado de sus protagonistas. Gilles y sus amigos empiezan discutiendo su propósito en una reunión para enseguida demorarlo, para aplazarlo y marcharse al extranjero en verano. Los personajes parten de lo mucho más inmediato, de la pelea en las calles, a lo más indefinido, al compromiso con el arte y la esperanza de cambio. Del terreno estable al gaseoso en una sucesión de movimientos esquivos, de insignificante esquematización, entre los que el 68 pervive como un telón difuso, cada vez más dudoso, para un relato de formación artística y sentimental.

Lo trasladan a un centro de detención de inferiores, donde no le va bien. A sus 12 años, Antoine Doinel se ve obligado no solo a convivir con los inconvenientes conyugales que sus padres no se atreven a afrontar, sino asimismo a soportar las demandas de un severo instructor. Un día, asustado porque no ha cumplido un castigo que el maestro le ha impuesto, escoge hacer novillos con su amigo René. Inesperadamente, ve a su madre en compañía de otro hombre; la culpa y el temor lo arrastran a una sucesión de patrañas y riñas que de a poco van calando en su ánimo.

Las dos tan arraigadas a su época como desarraigadas en su sociedad, tan verosímiles en su tiempo como simbólicas dentro del relato. Antoine Doinel (Jean-Pierre Léaud) es un muchacho parisino de doce años de edad que vive con sus padres Julien (Albert Rémy) y Gilberte . Su trayectoria escolar es de insuficiente y su molesto profesor no le consiente sus actos de indisciplina.